Reportaje a Marta Bekerman

“Desarrollo no es dar subsidio”

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Pionera. Con apoyo de la UBA, fundó la organización Avanzar, que otorga microcréditos a habitantes de barrios carenciados.

Profesora de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, Marta Bekerman lleva adelante en nuestro país los programas de microcréditos dirigidos a los pobres basados en las ideas del Premio Nobel Muhammad Yunus. Advierte que, para combatir la exclusión, es tan importante transferir fondos como valores y responsabilidad.

por Magdalena Ruíz Guiñazú

La doctora Bekerman es economista, profesora titular de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA y trabaja en el Departamento de Economía de la Facultad.
Con una sonrisa luminosa y el halo de su pelo rubio esta mujer joven podría encarnar también a una famosa deportista o a una figura de la escena pública. Sin embargo, es particularmente modesta pese a haber fundado (con el apoyo de la UBA) la importante organización Avanzar, que otorga microcréditos a habitantes de barrios carenciados para desarrollar iniciativas productivas. Podríamos decir que es una perfecta intérprete de aquello que Yunus (al recibir el
Premio Nobel) definió como “enseñar a pescar en vez de regalar el pez”.
“Como usted sabe, soy profesora de una materia que se llama Desarrollo Económico en la UBA”, explica la Dra.Bekerman ante nuestras preguntas, “y creo que habría que comenzar a hablar aquí de lo que realmente es la definición del desarrollo económico. Si nosotros estudiamos y damos a estudiar a los alumnos los escritos de un hindú, Premio Nobel de Economia, como es el doctor Amartya Sen, observamos que las enseñanzas que él brinda vinculan al desarrollo con la expansión de las capacidades de las personas. ¿Y esto qué quiere decir? Bueno, que el desarrollo no es darle a una persona un subsidio para que pueda comer
sino enseñarle a esa persona a desarrollarse por sus propios medios. Para Sen el desarrollo es la expansión de las libertades de las personas, la capacidad de elegir el modo de vida que desee de acuerdo a sus valores. Y para tener capacidad de elección también debe contar con sus propias capacidades. Es decir, un conjunto de definiciones que le permitan ejercerlas”.
En cuanto comienza la conversación nos impresiona el entusiasmo y la convicción con las que Marta Bekerman se expresa.
“Mire, es muy importante diferenciar entre lo que es ‘dar’ el derecho a ciertos bienes y desarrollar capacidades. Esto constituye la autonomía de una persona…”
—Y su dignidad.

—Por supuesto. Las capacidades realizadas generan dignidad –y aquí vuelve la sonrisa luminosa–. Le voy a contar cómo es la historia de nuestra organización. Yo juego al tenis en la Asociación Cristiana de Jóvenes que está ubicada en el Bajo Flores. Al pasar, naturalmente veía las villas que están asentadas allí y pensaba: “Paso por aquí para ir a jugar al tenis…” y… bueno, a veces a uno le agarran esas cosas… Y tomé contacto con la historia de Margarita Barrientos desde sus comienzos. Sabía que ella tenía un comedor muy pobre y con mis compañeras de tenis formamos una red para apoyar a ese comedor.
—¿Cuándo ocurrió esto?

—En los años ’98 y ’99. Todos los meses comprábamos 100 kilos de fideos o lo que ella necesitara y se lo llevábamos. A veces Margarita venía a la Asociación Cristiana a buscar estas cosas con su carro y su caballo, y esto generó la atención de otros socios. Se creó una corriente de solidaridad muy interesante, lo cual explica que, a veces, cualquier tipo de reacción es válida. Organizábamos torneos de tenis para comprar grandes cantidades de pañales, comida… En fin, se desarrolló un movimiento entre gente que no conocía esta forma de solidaridad. En el año 2000 me enteré del proyecto de Yunus. Vino a nuestra Facultad, lo
conocí personalmente y me interesó hacer lo mismo que Yunus pero en nuestro país. No tenía experiencia en el tema pero a partir del año 2000 Margarita Barrientos empezó a ser más conocida, a tener más apoyos y me di cuenta de que más allá de ese comedor yo tenía que abocarme a un proyecto de desarrollo de capacidades de las personas. Y fue ahí cuando nos largamos con el microcrédito. Para nosotros, una experiencia desconocida. Conseguimos
diferentes apoyos. En la zona había un banco, el Credicoop, que estaba cerca del área de las villas. Se materializó la posibilidad de que fueran ellos los que le cobraran a la gente, y así empezamos.
—Pero ¿eran microcréditos de qué monto?

—Al comienzo, de 100 y 200 pesos. Le explico nuestra forma de trabajar: la persona que se acerca tiene que traer su proyecto. Nosotros lo evaluamos, vemos si es posible, estudiamos los costos. Y cuando se dan las condiciones necesarias se le otorga el crédito que luego devuelve inicialmente una vez por semana. Usted comprenderá que, a una persona muy pobre, no se le puede decir que después de 6 meses devuelva “todo”. En estos proyectos de microcréditos hay
una serie de innovaciones como, justamente, la devolución una vez por semana. Esto es lo que se llama incentivo dinámico. Es decir que, a la persona que cumple, se le va dando un monto mayor. Como le decía, entonces nosotros comenzamos con montos pequeñísimos y vimos que la gente respondía. Además iban al banco a pagar. Esto es importante, porque la gestión del dinero era un tema peligroso en la zona. Al principio atendíamos en el comedor de Los
Piletones. En el comienzo de nuestro proyecto fui a hablar tanto con Margarita Barrientos como con Mónica Carranza y decidí quedarme en Los Piletones porque la gente vivía allí mismo. Al comedor de Mónica Carranza concurría gente de todo el Gran Buenos Aires, y a nosotros esto nos hacía muy difícil otorgar microcréditos a gente que no estaba en la zona, justamente porque el plan incluye la idea de ir a visitarlos, observar cómo van los proyectos. Eso no
podíamos hacerlo con Mónica Carranza por la distancia que le mencionaba recién. Recuerdo que, hablando con ella, le expliqué que, aunque deseaba iniciar este proyecto, no tenía experiencia pero sí muchas ganas. Ella me miró a los ojos y me dijo: “Vos lo vas a hacer”.
—Supongo que los inicios fueron sumamente complicados.

—Sí, al principio también a Margarita Barrientos le costaba entender lo de los microcréditos. Pero había una confianza que se había formado durante los dos años en los que la habíamos apoyado con su comedor. Recuerdo que una vez le habían robado al hijo de Margarita el carro y el caballo en el que acarreaban muchas cosas, y cuando compramos otro caballo nos enteramos de que estas operaciones se hacen con papeles. El caballo tenía papeles –se ríe
Marta–. Un mundo completamente nuevo para nosotros… pero se estableció una relación cada vez más fuerte con Margarita. Y en un momento le dije: “Mirá, ahora no va a ser un apoyo personal a tu comedor sino que vamos a iniciar este proyecto de microcréditos…”. Como le decía, el comienzo fue con montos pequeños con el apoyo del banco de la zona, y, en la medida en que fuimos consiguiendo pequeños apoyos de dinero, la idea fue extendernos a
otras villas. Además de Los Piletones, seguimos con la Villa 3 de Fátima, luego con Villa 15.
—¿Villa 15 es Ciudad Oculta, no?

—Sí, lo que ocurre es que hay mucha gente a la que no le gusta el nombre de Ciudad Oculta. Me acuerdo que un vecino me decía un día: “¿Por qué nos dicen Ciudad Oculta? ¡Yo voy a decir entonces que Recoleta es el barrio de los ladrones de guante blanco!” Bueno, luego tenemos también gente de la Villa 1-11-14.
—Un lugar complicado.

—Allí tenemos gente recomendada por otros vecinos de confianza, porque a nosotros se nos hace muy difícil entrar allí. En general el trabajo en villas se está volviendo cada vez más difícil, pero nuestra institución tiene como misión llegar a los más pobres. Hoy en Argentina hay muchas instituciones que dan microcréditos, lo que ocurre es que la nuestra trabaja con ciertos sectores. Incluso hay bancos que están dando microcréditos. Depende de la definición, ¿no?
Ahora hay mucha gente que es informal y que no está en una situación de tanta pobreza y puede recibir créditos. Por eso hay ciertos bancos que están tratando de extender su mercado llegando a este sector de informalidad. La nuestra, como le decía, es una asociación civil, se llama “Avanzar por el desarrollo humano”. Nuestra pagina web es www.avanzar.org.ar y tenemos un teléfono: 4918-0057. También tenemos un pequeño local en Cruz y Lafuente, en el
Bajo Flores, cerca de la zona de las villas, y atendemos allí. Además atendemos en la zona de Villa 15 (Ciudad Oculta). Allí tenemos el centro vecinal “Conviven”, donde funcionan algunos talleres varios días de la semana. Son talleres de arte, de circo… Como centro vecinal tiene una presencia importante sobre todo para los chicos. Lo dirige Dalmir, un brasileño que nos ofreció amablemente el lugar ya que no podemos tener locales en todos lados. Por eso hacemos colaboraciones con otras instituciones. En este caso con “Conviven”, en la cual mucha gente de la comunidad ofrece su colaboración tanto para talleres de chicos como para adultos de la zona. Yo creo que las redes de solidaridad son fundamentales en la Argentina de hoy, sobre todo para paliar el tema de la exclusión. Talleres de teatro, música o circo abren la mente de un chico. Que ese chico sepa que existe otra vida. Una vez, visitando una institución en el Chaco, recuerdo a una señora del campo que criaba conejos y decía: “Ahora empecé a estudiar coro… Y el coro es hermoso…”. Fue muy emocionante escuchar eso de alguien a quien se le abría otro horizonte además de criar a sus conejos. Las posibilidades son muy grandes y nuestra mision fundamental es explicarle a la gente que tiene que pagar el crédito, que no es un regalo.
Por eso calculamos con ellos su propio proyecto y si vemos que no están bien orientados les señalamos que tienen que revisarlo. Incluso hay un comité de evaluación. Pero el otro tema que nos interesa mucho es la capacitación.
—Pero, perdón: ¿de qué tipo de proyectos estamos hablando? ¿De panadería, costura…? ¿Hay algún común denominador?

—La mayoría son proyectos textiles. Ya sea introducción, comercialización. En fin, distintos tipos de producción. Hay gente que hace ropa para bebés, sábanas, colchas. Ese tipo de cosas. Otros, ropa para adultos. También gente que vende ropa, o sea que comercializa. El área textil es donde más prestatarios tenemos. Luego viene el rubro alimentación. Tenemos muchos negocios de verdulería, de kioscos, carnicería. Gente que, a lo mejor, empieza con muy pocos productos y logra un negocio con mucho crecimiento, más diversificado. Incluso van modificando sus actividades. Un crédito es una cosa muy importante porque ofrece, en distintos sentidos, muchas posibilidades. Por ejemplo, ir a comprar. No es lo mismo comprar de a dos prendas que tener toda la plata junta. Haga lo que haga un prestatario, tener todo el dinero junto para poder comprar es muy importante. Consiguen mejores precios, por ejemplo para
comprar máquinas. Para los textiles, hemos tenido gente que estampa remeras y para eso necesitan máquinas estampadoras. Otros, en panadería, tienen que comprar hornos, o los que tienen carnicería, cortadoras de fiambre. Todos necesitan máquinas.
—Bueno, pero cualquier máquina tiene un precio elevado; ¿cómo funciona el préstamo en esos casos?
—Ahora, el préstamo inicial, llega a mil pesos. Hemos aumentado la cantidad por la inflación. También tenemos un crédito máximo de 6 mil pesos y, en este momento, nos llega mucha presión de la gente que nos dice “¡necesitamos más!”. Y nosotros sabemos que necesitan más. Incluso para comprar una máquina pueden necesitar hasta 9 mil pesos. En algunos casos tenemos esto muy en cuenta porque lo que nos interesa es que la gente crezca. Todas las semanas tenemos más pedidos y nuestros recursos son limitados. Pero si pensamos que, con cada peso, podemos hacer un fondeo… bueno, esto no es un subsidio, es un crédito. Cada peso tiene un efecto multiplicador muy grande. Hoy lo tiene una persona que lo devuelve y ese dinero se presta nuevamente a otra persona que, a su vez, también lo devuelve.

—Recuerdo que cuando vino Yunus a Buenos Aires se le preguntó acerca de los que no pagan los créditos y él contestó: “Si los prestatarios no pagan, no devuelven, es porque nosotros hemos hecho algo mal”.

—Estoy totalmente de acuerdo con esto. Si alguien no paga es un error nuestro, porque no hemos evaluado bien el proyecto o porque no hemos evaluado bien a la persona. Pero, en general, la gente paga porque comprende nuestro esfuerzo y además, repito, porque en la medida en que cumple recibe un crédito por un monto mayor. El mayor castigo que se le puede aplicar a un prestatario es no aumentarle el monto del crédito, porque él espera cumplir con su crédito para, luego, recibir más, y ya está pensando en lo que va a hacer cuando eso se produzca. A veces, frente a una persona que no cumplió no le hemos aumentado el monto y en las reuniones con los prestatarios el pedido es “no nos dejen de aumentar el monto. Si quieren cóbrennos un punitorio pero no dejen de aumentarnos el monto porque nosotros esperamos esa cantidad para avanzar…”. Nosotros le pedimos cumplimiento a la gente porque es un esfuerzo muy grande seguir a cada prestatario con sus pagos. Tiene que haber una disciplina.

Forma parte de la dignidad de la persona saber que está cumpliendo con un compromiso. Y en esto es también muy importante lo que yo llamaría la transformación social. La responsabilidad forma parte del crecimiento de una persona. Es un tema difícil, ¿verdad? Y es porque la gente está tan acostumbrada a que tiene que sobrevivir que, a veces, lo de la responsabilidad es un verdadero aprendizaje. A veces convocamos a una reunión y la gente viene más tarde, pero es un aprendizaje que no podemos pedir de entrada porque forma parte del crecimiento de la
persona.

—Por ejemplo, actualmente, ¿cuántos prestatarios reciben los créditos de Avanzar?

—Nosotros tenemos una cartera de más de mil personas que han recibido créditos, pero, en este momento, estamos con una cartera activa menor a causa de la crisis. Hoy tenemos 350 prestatarios con cartera activa. Hay gente que no está renovando porque está esperando y nosotros no incentivamos el sobreendeudamiento. Por ejemplo, esa gente espera el principio de la temporada. La cartera va variando mucho. En este momento, como le decía, la cartera
activa está en el nivel de 350, pero es difícil de manejar. Tenemos un software especial en el que se asienta cada pago.
—¿Lo siguen haciendo con el Credicoop?

—Sí, sí. Nos ha apoyado mucho en esto porque son una cantidad de prestatarios. Es un trabajo de hormiga. Ahora nos están dando tarjetas para que los prestatarios puedan ir a depositar a los cajeros. Y en una época, incluso, nos pusieron un cajero especial para nosotros con una terminal arriba porque nuestros prestatarios eran muchos y se formaba una gran cola de espera. Entonces hay que adaptarse. Reitero que nos han dado un gran apoyo. También
hemos hecho un convenio con el Banco Ciudad, que nos ha dado un préstamo… Usted sabe que mi gran preocupación es esto que yo llamo desarrollo de capacidades. Entonces hemos convencido a la gente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) de aplicar un proyecto de mucha mayor escala de capacidad. Es un proyecto de tres años con el que vamos a capacitar más profundamente a la gente a través de cursos de gestión, comercialización, costos y
contabilidad. De esa gente iremos eligiendo una cantidad menor, vamos a visitar empresas para generarles demandas y vamos a traer capacitadores profesionales y tutores para que comience a formarse una cadena entre las empresas de nuestros barrios y las pymes de empresas de afuera. Lo que nosotros estamos logrando ahora con el microcrédito es una mejora en la calidad de vida (que, entre otras cosas, incluye mejoras en el hogar). Pero nos gustaría dar un salto. No deja de ser, sobre todo, un problema de vender en las villas o en las ferias, como la de La Salada. Queremos que nuestros prestatarios empiecen a tener una capacitación mucho más profunda. Por ejemplo, los que hacen textiles que cuenten con diseñadores que les enseñen diseño y, por otro lado, generarles demanda. En una palabra, mejorar la oferta y generar, en consecuencia, más demanda. El proyecto del FOMIN (Fondo Multilateral de Inversiones), que es una rama del BID, nos va a permitir desarrollar lo que yo llamo “proyectos de desarrollo local”, porque no serán sólo microcréditos. Hasta ahora hemos apuntado, como le decía, sobre todo al crédito, pero mi inquietud, con respecto a la gente, es ¿cómo hacemos, además de aumentarles los montos hasta $ 6 mil, por ejemplo, para que puedan comenzar a tener diseño? Ellos no tienen acceso a proyectos de afuera. Entonces, a partir de este proyecto, vamos a generar un individuo que va a visitar empresas y le vamos a ofrecer formar a sus proveedores. Empresas que estén satisfechas con sus proveedores, porque vamos a enseñar a la gente a mejorar su diseño y pensamos poner tutores durante 6 meses para que, una vez que se organicen estos talleres entre las empresas y nuestros prestatarios, podamos asegurar el seguimiento en el cumplimiento de las ventas. Para esto ha venido gente de Washington para conocer nuestros proyectos, y como ya hace mucho tiempo que estamos con esta institución hemos logrado convencerlos. Yo sentía que teníamos que dar ese salto: empezar con la capacitación. El proyecto ya ha comenzado. Hemos firmado en diciembre el convenio con el BID y esto es, para nosotros, una satisfacción muy grande. Al mismo tiempo, es una enorme responsabilidad. En realidad el convenio se firma con la Facultad de Ciencias Económicas, donde, como le dije, soy docente, pero se va a hacer a través de los prestatarios de Avanzar. Será como un tríptico entre el BID, la Facultad y nuestra ONG.

Es emocionante advertir el entusiasmo inquebrantable de la doctora Bekerman:

—Hay muchas posibilidades porque también vamos a realizar un trabajo de género. Hay muchas mujeres que van a los comedores pero que no se animan a pedir créditos porque su autoestima es todavía muy baja. ¿Quién se ocupa de esas mujeres que van a pedir comida con sus chicos? Ahí no podemos dar crédito porque todavía no existen las condiciones deseables.

Hay que desarrollar capital humano. Entonces vamos a realizar actividades de género con especialistas que formen grupos con estas mujeres para que comiencen a pensar y a desarrollar ideas. Algunas pedirán créditos. Otras, no. Pero seguramente abrirán su mente para nuevas cosas. Por ahora no tienen conciencia de sus valores. Yunus dice que todos nacemos con capacidades. Algunos las desarrollamos y otros no. Yunus dice que los pobres son como
las plantas que viven en macetas chicas. Las semillas son buenas pero no pueden desarrollarse. Entonces hay que ponerlas en macetas más grandes, ¿no? Este es el desarrollo de capacidades, y yo estoy segura de que cada mujer tiene sus capacidades, como nos ocurre a todos. En la medida en que podemos, nos desarrollamos. Y aquí entra también el tema de las mujeres golpeadas, abandonadas. Yo siempre pienso que hay un campo muy grande que, hasta ahora, no hemos podido abordar porque, como le decía, todavía no llega el crédito hasta esas mujeres que van a pedir comida. Yo creo que esto es para reflexionar en general: los sectores más excluidos requieren un trabajo muy difícil que va mucho más allá de los fondos. Por eso insisto en que es más difícil transferir activos que ingresos. Y por activos (y no me canso de repetirlo) son la conciencia de nuestros valores, pensar en cómo vamos a desarrollar nuestras capacidades. A veces no será a través de un crédito sino con base en cómo educar mejor a sus hijos y mejorarles la dieta alimenticia. Aprender a escucharlos. Asesorar a sus hijas para que no sean madres adolescentes.